Si conoces a uno, los conoces a todos. Eso es lo que siento por Carlos Martínez. ¿Yo? Matthias Keilholz, pastor en Lutherstadt Wittenberg. Conocí a Carlos hace 26 años. En 1999, yo era una especie de pastor en prácticas con el conocido cantautor y pastor alemán Clemens Bittlinger. Él, a su vez, había viajado a menudo con Carlos en giras conjuntas. Mi primer encuentro con Carlos fue "de parte del Señor": recogí a Carlos en el aeropuerto de Fráncfort al comienzo de una gira. Y desde entonces somos amigos.
Pero ¿por qué "conocer a uno, conocer a todos"? Carlos crea mundos enteros ante los ojos de su público. La vida cotidiana cobra vida. Y Carlos teje con delicadeza la obra de Dios en sus historias cotidianas, de forma discreta pero inconfundible. Quien vive una velada con él se encuentra virtualmente con un número increíble de personas en sus momentos cotidianos: el trampero intrigante que tiende una trampa a un ciego y acaba cayendo en su propia trampa, el hombre que se esconde tras sus máscaras hasta que se encuentra a sí mismo, el rey David que recorre su Salmo 23. Las figuras literarias cobran vida cuando Carlos lleva a sus invitados a su magnífica biblioteca. Todavía sonrío cuando pienso en Caperucita Roja apareciendo de repente en escena. Hace un momento, un padre le estaba contando a su hijo el cuento de hadas para dormir, y de repente están ahí: la niña, el lobo, la abuela. Una de mis piezas favoritas (quizá porque me permitieron apoyar a Carlos en el "interruptor de la luz" unas cuantas veces).
Pero eso no es todo. Carlos lleva al escenario la fragilidad de la naturaleza. Subraya la importancia de los derechos humanos, ambos más necesarios hoy que nunca. Los que le ven quizá vean el mundo con más claridad a través de su aguda capacidad de observación que en las fotos y los reportajes de prensa. Los que conocen a Carlos también se conocen a sí mismos en cierta medida. Ya sean las mencionadas máscaras o la sensación de estar atrapado en la famosa caja, la caja de cristal de la que no se puede escapar.
Y para mí, como cristiano, las historias bíblicas que Carlos cuenta de una manera que siempre me conmueve profundamente - desde la creación hasta la Cena del Señor y el Padre Nuestro. Todo cobra vida, vívidamente, sin una sola palabra.
Un collage de imágenes, al que me ha seducido mi afición a la fotografía, lo expresa para mí: "Los seis de la parada del autobús". Lectores de periódicos, adolescentes o mamás con bebés en brazos: todos están ahí. Y si conoces a uno - Carlos - tienes la oportunidad de conocerlos a todos: Alegres, tristes, gruñones, exuberantes, poderosos e impotentes, desesperados y rescatados. Pero siempre: ¡gente como tú y como yo!
Gracias, Carlos.